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miércoles, 10 de junio de 2009

La vieja mansion

Era una mañana fría y oscura. Las sombras de los arboles danzaban sobre el viejo asfalto, proyectando sombras melancolicas sobre la carretera que llevaba a la mansion. De vez en cuando pasaba una rafaga de brisa, levantaba la hojarasca y el lugar volvia a quedar en silencio.
Hacía años que nadie pasaba por allí.

domingo, 26 de abril de 2009

El árbol

Era un día lluvioso de primavera.
Los cielos estaban cubiertos de nubes, caldeadas por el sol que les golpeaba desde arriba, y abajo la humedad y el calor podían haber llegado a ser molestos.
Estaba sentado a los pies de un árbol. Las hojas no se movían, pero al mirar hacia arriba podía ver las ramas cubriendole, abrazándole. Las ramas que le contaban historias, de cuando aquello había sido un inmenso bosque. De cuando había estado rodeado de hermanos, y había hablado con ellos todos los días. No eran historias tristes; eran historias de felicidad, de dulce agua fresca y de pájaros cantando.
Y aunque con el paso del tiempo sus hermanos habían ido desapareciendo y ya solo quedaban unos pocos y los hombres habían construido un camino y ya nadie se paraba a hablar con él, aun así el árbol no guardaba rencor. Y si un caminante se paraba a hablar con él, contaba las largas historias de susurros al viento y contaba la larga historia de calmo silencio y de feliz luz del sol.
A veces el caminante le respondía. Le contaba sus penas y sus alegrías. Le decía de donde venía y hacia donde iba. Le contaba como era el roce de la piel amada, llorar una noche por su ausencia, reir por una broma y responder a una sonrisa. Le contaba que solo quedaban unos pasos para volver a ver a esa persona...y que al verla le hablaría de las historias del árbol, de sus sueños y de su larga sonrisa.
Le daría las gracias porque, pese a que a veces el cielo estaba oscuro y a veces el calor asfixiaba, pese a la soledad y al paso del tiempo, ella también le cubría con sus ramas y le contaba sus historias.

jueves, 23 de abril de 2009

Mañana de abril

Fue una mañana de abril. Él no quería compartir sus recuerdos, y miró el madero de la mesa.
Madero. Mesa.
¿Queda el espíritu del árbol en esa mesa, en esos pedazos de madera? Quizás le podrían preguntar, y la voz de la savia y de las hojas respondería:
-Recuerdo la brisa haciendome cosquillas en las hojas. Recuerdo la sensación del agua trepando por el interior de mi, de la savia fresca. Recuerdo el rumor de las piedrecillas, el canto de los pajaros en mis ramas y de los animales pasando a mi alrededor, viviendo a mi alrededor. Y yo un gigante en el bosque.
La madera se agitaría por el recuerdo, estremeciendose.
-También recuerdo el ruido de los camiones de los hombres, de los pasos de las botas aplastando la hierba y de los motores poniendose en marcha. Recuerdo esquirlas de metal, unidas, perforandome el tronco, esparciendo trozos de mi por doquier, hasta seccionarme por la mitad. Y el vértigo, cuando mi copa cayó, cayó y se etrelló contra el suelo. Luego me quitaron las ramas y me arrancaron la corteza, y me apilaron junto con otros cadáveres para que al evaporarse el agua de mi tronco no me doblara y mi muerte hubiera sido en vano. Recuerdo la radial al cortarme en tablones, y las sierras al cortarme en trozos pequeños. Las lijas arrancandome los trozos rotos, astillados. El ensablado final. Y la caricia de la brocha empapada en barniz, que no es otra cosa que la sangre de otro árbol, diluida en un disolvente.
Quizás su interlocutor sentiría pena.
Quizás no.