Aqui solo vendemos corazones sangrantes, rezaba el cartel.
Él entró, mirando a su alrededor. Era una tienda extraña, a la vez nueva y antigua. Algunos rincones olían a moho; otros al fresco olor de la tierra cuando acaba de llover.
Se acercó a donde estaba el dependiente.
¿Vendian corazones rotos? fue lo que le preguntó.
El dependiente le dijo; no, recuerdos.
Él volvió a preguntar; ¿solamente eso? ¿No son corazones rotos? ¿Quien podría querer un corazon roto?
El dependiente respondió; no, son lágrimas
Creía que solo vendian corazones rotos, dijo él.
El dependiente respondió; no, tenemos sonrisas.
Él quería saber si podía llevarse una sonrisa.
Puedes llevarte todas las que quieras, dijo el dependiente, pero por cada sonrisa recibirás un torrente de lágrimas. De las más amargas.
Se que después de las sonrisas vienen las lágrimas, dijo él, y las sonrisas siempre valen la pena. Pero eso no tiene que ver con un corazón roto...
No es un corazón roto, dijo el dependiente. Es un corazón sangrante.