Sus pisadas resonaban en los charcos de lluvia, y la gente se volvia para verlo pasar. Tenía un abrigo grande y largo, oscuro, por el que el agua goteaba. Su pelo chorreaba.
Tenía una pistola en la mano. La pistola tambien estaba empapada.
Es una semiautomatica, se decía. ¿Seguirá funcionando si se moja un poco?
Espero que si.
La gran bóveda de piedra que envolvía la ciudad le oprimía el pecho, como siempre, y el hecho de estar en la última planta, en lo alto de la masa de metal y cemento, no ayudaba. Era extraño haber desarrollado claustrofobia...teniendo en cuenta que todos ellos habían nacido allí abajo, encerrados bajo tierra. Por siempre bajo tierra.
Tenía que haberle tocado precisamente el dia de lluvía, cuando el sistema automático regaba las calles y las limpiaba de polvo y basura. Pero lo que tenía que hacer...tenía que hacerlo ya. No podía esperar. Ni un instante más.
El bar era un cuchitril horrible en la calle, sucio y asqueroso, rodeado de las fábricas del nivel superior, del humo y de la polución que, pese al agua, no se iba de su olfato. Se paró ante la puerta.
Comprobó su arma. Era una semiautomatica de réplica, de aquellas que algunos técnicos hacían a hurtadillas en la fábrica, entre turnos, y vendían baratas a aquellos que tuvieran alguien a quien matar. Había muchas de esas armas por las calles. La pólvora de los casquillos era de fabricación casera; decían que por cada cien balas que disparases, una de ellas te estallaría en la cara por culpa de la mala calidad del detonante. Sin embargo, nada de eso importaba. Doce cartuchos en la pistola, y tenía otros tres cargadores sujetos al cinturón, cada uno con otros doce cartuchos. Con un poco de suerte acabaría pronto.
Golpeó la puerta con el pie, y disparó al primer tipo que vió moverse. Ninguna persona que fuera a ese bar podía ser inocente, asi que no tendría que preocuparse por los remordimientos.
Disparó tres veces más, acertando una de ellas en el hombro a un hombre joven que estaba delante de la barra y que había hecho el gesto de sacar un arma. Rodó por el suelo y volcó una mesa, parapetandose detrás de ella. Estaba claro que cualquier tipo de bala podría atravesar aquel material barato, pero era mejor eso que ser un blanco visible.
Se asomó y disparó contra la gente del bar hasta que vació el cargador. Mientras soltaba el cargador vacío y ponía uno nuevo, saltó por encima de la barra, notando el impacto de una bala en el hombro. Daba igual, su abrigo podría resistir las balas hasta cierto calibre, aunque el moratón le dolió bastante.
Cayó al otro lado de la barra y disparó en la rodilla al barman, que estaba sacando una escopeta y que cayó pesadamente al suelo.
Necesitaba al barman vivo.
Rodó de nuevo por el suelo, y levantó del cuello al barman, escudándose con su cuerpo y apuntando al resto de gente que quedaba en la sala.
-Solo quiero a éste-dijo, alto y claro-Marchaos antes de que le mate u os mate a vosotros.
Los que aun quedaban se mostraron reticentes, pero al final acabaron por marcharse. El barman se removió.
-¿Que has venido a buscar, Víctar?-gimió, su rótura astillada por la bala.-Tu hermano tenía que pagar por lo que había hecho a La Familia. Si te vas ahora puede que el Don te perdone...
-Silencio, basura-dijo Víctar, empujandole hacia la puerta trasera. Sabía que si seguía un poco en esa dirección llegaría al borde de aquél nivel...una caída de treinta metros hasta el nivel inferior, o de sesenta si rebotaba hasta el siguiente. Después de que Víctar lograra averiguar dónde estaba la guarida del Don, aquel camarero iba a aplastarse contra el asfalto.
Era una ciudad dura.
Feliz veraneo
Hace 12 años